Enfermedad descompresiva: causas, síntomas, prevención y primeros auxilios

La enfermedad descompresiva (decompression sickness, DCS) es el accidente de buceo que se produce cuando el nitrógeno disuelto en los tejidos durante la inmersión forma burbujas al reducirse la presión ambiental demasiado rápido. Se manifiesta con dolor articular, hormigueos, fatiga anormal, erupciones cutáneas o, en los casos graves, parálisis y dificultad respiratoria, casi siempre en las primeras horas tras salir del agua. Se previene ascendiendo a 9 m/min, respetando los límites de tablas u ordenador y haciendo la parada de seguridad; y se trata con oxígeno al 100 % y recompresión en cámara hiperbárica.

Aviso: este artículo es contenido informativo redactado por un instructor de buceo. No sustituye la valoración de un médico ni los protocolos de tu agencia o de los servicios de emergencia. Ante cualquier sospecha de accidente de buceo, administra oxígeno y llama.

En resumen

Dato clave Valor
Causa Nitrógeno disuelto que sale de solución en forma de burbujas (ley de Henry)
Tipos Tipo I (musculoesquelética y cutánea) · Tipo II (neurológica y cardiopulmonar)
Ventana de aparición La mayoría de los casos en las primeras horas; hasta 24 h si hay vuelo o altitud
Velocidad de ascenso 9 m/min, con parada de seguridad de 3 min entre 3 y 5 m
Primeros auxilios Oxígeno al 100 % a 15 l/min, tumbado, hidratar, contactar cámara / DAN
Antes de volar Esperar 12–24 h según el número de inmersiones (recomendación general)

¿Qué es la enfermedad descompresiva y por qué se forman burbujas?

Para entender la enfermedad descompresiva hay que volver a la ley de Henry (Henry’s law): a temperatura constante, la cantidad de gas que se disuelve en un líquido es directamente proporcional a la presión parcial de ese gas sobre el líquido. Tu cuerpo, en superficie, está en equilibrio con una presión parcial de nitrógeno de 0,79 bar, la que corresponde al 79 % de nitrógeno del aire a 1 bar (1 ATA) de presión atmosférica.

Cuando desciendes, la presión absoluta aumenta 1 bar cada 10 metros. A 20 metros respiras aire a 3 bar y la presión parcial de nitrógeno en tus alvéolos sube a 2,37 bar. Ese nitrógeno pasa a la sangre y de ahí, poco a poco, a los tejidos. Los tejidos no se llenan de golpe: la sangre tarda un tiempo en equilibrarse con el alvéolo, y cada tejido (sangre, músculo, grasa, hueso) absorbe el gas a su propio ritmo. Mientras un tejido tiene menos nitrógeno del que le corresponde a la presión ambiental, decimos que está insaturado; cuando alcanza el equilibrio, saturado.

El problema aparece en el ascenso. Al subir, la presión parcial de nitrógeno en el alvéolo baja de inmediato, pero el gas disuelto en los tejidos sigue ahí. El tejido pasa a estar sobresaturado: contiene más nitrógeno del que puede mantener en solución a esa presión. Una sobresaturación moderada es normal y necesaria, porque es precisamente ese gradiente el que empuja el nitrógeno hacia la sangre y los pulmones para eliminarlo. Si el ascenso es lento y controlado, el proceso es silencioso. Si el gradiente supera un umbral, la llamada sobresaturación crítica, el gas ya no sale ordenadamente por difusión: se forman macroburbujas en los tejidos y en la sangre venosa, y esas burbujas son la enfermedad descompresiva.

Es útil distinguir entre macro y microburbujas. Los estudios con Doppler muestran que tras muchas inmersiones perfectamente normales circulan microburbujas venosas asintomáticas, que el filtro pulmonar elimina sin consecuencias. Las macroburbujas, en cambio, tienen tamaño suficiente para obstruir capilares, comprimir nervios, dañar el endotelio y activar la coagulación. La frontera entre unas y otras no es nítida, y por eso una carga elevada de microburbujas, aun sin síntomas, se considera un factor que aumenta el riesgo. Si quieres repasar las leyes de los gases que sostienen todo esto, tienes el desarrollo completo en nuestro artículo sobre física del buceo.

Tipos de enfermedad descompresiva: tipo I y tipo II

La clasificación clásica divide la enfermedad descompresiva en dos tipos según la gravedad y los órganos afectados. En la práctica, las formas mixtas son frecuentes y un cuadro que empieza como tipo I puede evolucionar a tipo II, por lo que todos los casos se tratan como potencialmente graves.

La ED tipo I es la forma musculoesquelética y cutánea. El síntoma más frecuente es el dolor articular profundo, sordo, que no cambia con el movimiento y que suele localizarse en hombros, codos, rodillas o caderas. En inglés se le llama bends porque los trabajadores de los cajones neumáticos del siglo XIX caminaban encorvados por el dolor. También pertenecen a este grupo las manifestaciones cutáneas: picor, erupciones marmóreas de color rojo violáceo (cutis marmorata), hinchazón localizada y una sensación de hormigueo en la piel. Aunque se considera la forma leve, el cutis marmorata se asocia con frecuencia a formas más graves y con presencia de foramen oval permeable, así que nunca se debe minimizar.

La ED tipo II engloba las formas neurológicas y cardiopulmonares. La afectación de la médula espinal es la más característica del buceador recreativo: hormigueos o entumecimiento en las piernas, debilidad progresiva, dificultad para caminar, pérdida de control de esfínteres y, en los casos peores, paraplejia. La afectación cerebral produce confusión, alteraciones visuales, dificultad para hablar o pérdida de conciencia. La forma vestibular, que se manifiesta con vértigo intenso, náuseas y pérdida de equilibrio, es típica de inmersiones profundas. La forma cardiopulmonar, conocida como chokes, aparece cuando una gran cantidad de burbujas se acumula en el lecho capilar pulmonar: dolor retroesternal, tos, dificultad para inspirar y signos de colapso circulatorio por la hemoconcentración y el shock hipovolémico que acompañan al cuadro. Es una emergencia vital.

Enfermedad descompresiva y embolia gaseosa arterial: no son lo mismo

Se confunden a menudo porque las dos son accidentes disbáricos y, en primeros auxilios, se manejan igual. Pero el mecanismo es distinto y conviene tenerlo claro.

La enfermedad descompresiva, como hemos visto, viene del gas disuelto que sale de solución. La embolia gaseosa arterial (arterial gas embolism, AGE) es una consecuencia de la sobreexpansión pulmonar, lo que en la literatura clásica se llama aeroembolia. Si contienes la respiración durante el ascenso, o si tienes aire atrapado en una zona del pulmón, el gas se expande por la ley de Boyle y rompe las paredes alveolares. Ese aire puede quedar en el mediastino (enfisema mediastínico), bajo la piel del cuello (enfisema subcutáneo), entre el pulmón y la pleura (neumotórax) o pasar a las venas pulmonares y de ahí al corazón izquierdo y a las arterias. Cuando las burbujas llegan a las arterias cerebrales, el cuadro es el de un ictus súbito: pérdida de conciencia, convulsiones, parálisis o ceguera en los primeros minutos tras emerger, a veces incluso antes de llegar al bote.

Dos rasgos ayudan a diferenciarlas en la práctica. Primero, el tiempo: la embolia gaseosa arterial aparece de forma casi inmediata, en los primeros diez minutos, mientras que la enfermedad descompresiva suele tardar más. Segundo, el perfil: la sobreexpansión pulmonar puede ocurrir en una inmersión de tres metros en piscina; para una ED hace falta haber absorbido nitrógeno. La prevención de la embolia es una regla que se repite desde el primer día de curso: nunca contengas la respiración en un ascenso con escafandra. Respira de forma continua y pausada, y si tienes que hacer un ascenso de emergencia, exhala durante todo el trayecto.

Síntomas de la enfermedad descompresiva y cuándo aparecen

La lista de síntomas es larga y a menudo engañosa, porque los más frecuentes son también los más fáciles de atribuir a otra cosa. Un cansancio desproporcionado tras una inmersión tranquila, un dolor de hombro que “será de cargar la botella”, un hormigueo en la mano que “será del frío”: muchos accidentes se diagnostican tarde porque el propio buceador no quiere admitir que algo va mal.

Los signos y síntomas que deben ponerte en alerta tras una inmersión son:

  • Dolor articular o muscular profundo sin causa evidente.
  • Fatiga extrema, malestar general, sensación de “no estar bien”.
  • Hormigueo, entumecimiento, debilidad o pérdida de sensibilidad, sobre todo en las piernas.
  • Picor, erupción marmórea o hinchazón cutánea.
  • Mareo, vértigo, náuseas, pérdida de equilibrio o de coordinación.
  • Dificultad para orinar, dolor abdominal o en la zona lumbar.
  • Alteraciones visuales, del habla o del estado de conciencia.
  • Tos, dolor en el pecho o dificultad para respirar.

En cuanto a la ventana de aparición, la mayoría de los casos se manifiestan en las primeras horas tras salir del agua. Una parte importante lo hace dentro de la primera hora, y la gran mayoría antes de las seis horas. Un porcentaje pequeño se presenta más tarde, hasta 24 horas después, y es típico que en esos casos medie un factor que reduce todavía más la presión ambiental: un vuelo, un puerto de montaña, una subida en teleférico. Esto tiene una consecuencia práctica: cualquier síntoma extraño en las 24 horas posteriores a una inmersión debe considerarse enfermedad descompresiva hasta que un médico demuestre lo contrario. Los síntomas pueden aparecer también tras una inmersión aparentemente perfecta, dentro de los límites de tablas, con la parada de seguridad hecha. Las tablas y los ordenadores reducen el riesgo; no lo eliminan.

Factores de riesgo: qué aumenta las burbujas

La enfermedad descompresiva no es una lotería pura. Hay factores relacionados con el perfil de la inmersión y otros relacionados con el buceador que aumentan de forma clara la carga de burbujas.

Entre los factores del perfil, el más obvio es el ascenso rápido: el gradiente entre tejidos y alvéolo se dispara y la sobresaturación se vuelve crítica. El segundo es el perfil en diente de sierra (sawtooth profile), es decir, subir y bajar varias veces durante una misma inmersión. Cada subida genera microburbujas y cada bajada las comprime sin eliminarlas; en el siguiente ascenso crecen sobre núcleos ya formados. Es el factor que las propias preguntas de examen de buceador dos estrellas señalan como principal favorecedor de las microburbujas. A esto se suman las inmersiones sucesivas y los días consecutivos de buceo, que acumulan nitrógeno residual, la descompresión omitida o los intervalos de superficie demasiado cortos, y las inmersiones profundas y largas, que cargan más los tejidos lentos.

El vuelo tras bucear y el buceo en altitud merecen mención aparte. Al subir en un avión o a una montaña, la presión atmosférica baja y los tejidos que todavía tienen nitrógeno residual quedan sobresaturados de nuevo; a 1.000 metros de altitud algunos tejidos ya lo están. Por eso se exige un tiempo de espera tras la última inmersión antes de volar, y por eso quien viaja desde el nivel del mar a bucear en un lago de montaña debe esperar al menos 12 horas para que su cuerpo se equilibre con la menor presión local antes de meterse en el agua.

Entre los factores del buceador, la deshidratación ocupa el primer lugar: la sangre más viscosa elimina peor el nitrógeno, y el buceo deshidrata más de lo que parece por la diuresis de inmersión, el aire seco de la botella, el sol y el alcohol de la noche anterior. El frío reduce la perfusión de las extremidades durante la inmersión y, si te calientas de golpe en el ascenso o en superficie, la sangre vuelve a tejidos cargados de gas. El esfuerzo físico intenso en el fondo aumenta la absorción de nitrógeno, y el esfuerzo tras la inmersión favorece la formación de burbujas. La edad, el sobrepeso, la mala forma física, la fatiga previa y las lesiones antiguas también pesan.

Un factor especial es el foramen oval permeable (patent foramen ovale, PFO), una comunicación entre las dos aurículas del corazón que persiste en aproximadamente una cuarta parte de la población y que normalmente no da ningún problema. En un buceador, permite que las microburbujas venosas, que el pulmón debería filtrar, pasen directamente al lado arterial y de ahí al cerebro o la médula. No se hace cribado a todo el mundo, pero un buceador que ha sufrido una ED neurológica o cutánea tras un perfil correcto debe consultarlo con un médico especialista en medicina hiperbárica.

Cómo prevenir la enfermedad descompresiva

Prevenir la enfermedad descompresiva no requiere nada exótico; requiere hacer bien, todas las veces, lo que ya te enseñaron en el curso.

Asciende a 9 metros por minuto o más despacio. Es la velocidad máxima que fijan las tablas FAAS y FEDAS, y es más lenta de lo que parece: unos 6 o 7 segundos por cada metro, con tu burbuja más pequeña como referencia. Los ordenadores de buceo avisan si la superas; hazles caso. En los últimos metros, donde el cambio relativo de presión es mayor, ve todavía más lento.

Haz siempre la parada de seguridad, 3 minutos entre 3 y 5 metros, incluso en inmersiones que no la exigen. La FAAS la prescribe a 5 metros y la FEDAS a 3; ambas coinciden en que es el mejor seguro barato contra las microburbujas. Si tu ordenador te pide una parada profunda adicional, cúmplela.

Planifica con margen. Quédate dentro de la curva de seguridad de las tablas o del ordenador y no apures los límites de tiempo sin descompresión. Si usas ordenador, configúralo en un modo conservador cuando concurran factores de riesgo (frío, esfuerzo, sucesivas, edad) y respeta los intervalos de superficie. Si buceas varios días seguidos, la inmersión más profunda del día siempre primero, y un día de descanso a mitad de semana. Tienes toda la mecánica de la planificación en nuestra guía sobre tablas de buceo y descompresión. El buceo con Nitrox es otra herramienta: al reducir la fracción de nitrógeno reduces su absorción y ganas margen si sigues planificando como si respiraras aire, siempre respetando la PpO2 máxima de 1,4 bar.

Cuídate antes y después. Hidrátate bien desde el día anterior, evita el alcohol, duerme, no hagas esfuerzos intensos justo antes ni después de bucear, abrígate lo suficiente y no te des una ducha muy caliente nada más salir. Evita los perfiles en diente de sierra: decide una profundidad, hazla y sube una vez.

Espera antes de volar o subir a altitud. Las recomendaciones habituales, como orientación general, son unas 12 horas después de una única inmersión sin descompresión y entre 18 y 24 horas después de inmersiones sucesivas, varios días de buceo o inmersiones con descompresión. Muchos ordenadores muestran un contador de “no volar”; si la cifra de tu ordenador y la de tu agencia difieren, aplica la más larga. Consulta las recomendaciones específicas de tu agencia y, ante la duda, deja pasar un día completo. Lo mismo vale para cruzar un puerto de montaña de vuelta del centro de buceo.

Qué hacer ante una sospecha de enfermedad descompresiva

Cuando tú o tu compañero mostráis síntomas tras una inmersión, lo que ocurra en los primeros minutos condiciona el resultado. El protocolo de primeros auxilios es sencillo y no exige formación médica, solo decisión.

  1. Reconocer y aceptar. Deja de bucear y trata cualquier síntoma sospechoso como ED. No esperes a ver si mejora. La negación es el primer obstáculo.
  2. Activar la cadena de emergencias. Llama a los servicios de emergencia locales y a la línea de asistencia de buceo que corresponda (DAN u organismo equivalente en tu país) especificando que se trata de un accidente de buceo. Localiza la cámara hiperbárica más próxima; el centro de buceo debe tenerla en su plan de emergencia.
  3. Oxígeno al 100 %. Es el tratamiento de primeros auxilios más eficaz: aumenta el gradiente para eliminar el nitrógeno y oxigena los tejidos que las burbujas están dejando sin riego. Si el buceador está consciente y respira bien, usa un sistema a demanda, que entrega oxígeno al 100 % sin desperdiciar gas. Si respira débilmente o está semiinconsciente, usa el flujo constante con mascarilla de no reinhalación a un mínimo de 15 l/min. Mantén el oxígeno de forma continua hasta que lo releve personal sanitario, aunque los síntomas desaparezcan.
  4. Posición. Tumbado boca arriba, cómodo, sin frío ni calor excesivos. Si está inconsciente pero respira, en posición lateral de seguridad (PLS). No lo sientes ni lo pongas de pie.
  5. Hidratar. Si está consciente y puede tragar sin problema, agua o bebidas isotónicas a sorbos; nada de alcohol. Los fluidos mejoran la eliminación del nitrógeno y compensan la hemoconcentración.
  6. Registrar. Anota el perfil de las inmersiones, la hora de aparición de los síntomas y su evolución. Guarda el ordenador del buceador para que el médico hiperbárico pueda leerlo.
  7. No recomprimir en el agua. La tentación de “volver a bajar para que se vaya el dolor” es peligrosa: sin oxígeno adecuado, sin control térmico, sin posibilidad de atención si empeora, un buceador con ED neurológica bajo el agua puede perder la conciencia y ahogarse. La recompresión es un tratamiento médico y se hace en una cámara.

Si el accidente ha implicado inmersión con pérdida de conciencia o aspiración de agua, el escenario es de ahogamiento y cambia el orden: tras comprobar en no más de diez segundos si respira, comienza con 5 insuflaciones de rescate antes de las compresiones, porque el origen del paro es la falta de oxígeno, y continúa con ciclos de 30 compresiones y 2 ventilaciones hasta que llegue ayuda, un desfibrilador o el buceador recupere la respiración. En cuanto dispongas de oxígeno, adminístralo al 100 % a 15 l/min. La técnica de extracción del agua, remolque y RCP está desarrollada paso a paso en nuestro artículo sobre rescate de un buceador.

Tratamiento en cámara hiperbárica

El tratamiento definitivo de la enfermedad descompresiva es la recompresión terapéutica en una cámara hiperbárica bajo supervisión de un médico especializado. Su lógica es la misma que explica la enfermedad, pero al revés: al aumentar la presión, las burbujas reducen su volumen conforme a la ley de Boyle y parte del gas vuelve a disolverse; al respirar oxígeno al 100 % a presión, se crea un gradiente enorme para eliminar el nitrógeno y se lleva mucho más oxígeno a los tejidos dañados. El médico elige un protocolo estandarizado, con una presión y una duración determinadas por el cuadro clínico, y puede repetir sesiones en los días siguientes si quedan secuelas.

Dos ideas que debes retener. La primera es que el pronóstico depende sobre todo del tiempo: cuanto antes empiece el oxígeno y antes llegue el buceador a la cámara, más probable es la recuperación completa, incluso en casos neurológicos graves. La segunda es que la mejoría con oxígeno en superficie no anula la necesidad de evaluación: muchos síntomas que desaparecen reaparecen horas después. Que sea el médico hiperbárico quien decida.

Tras un tratamiento, la vuelta al buceo requiere alta médica. En una ED tipo I sin secuelas suele bastar con unas semanas de reposo; en una neurológica el periodo es mayor y puede exigir un estudio cardiológico para descartar un foramen oval permeable. El seguro de buceo con cobertura hiperbárica no es un lujo: un tratamiento en cámara y una evacuación pueden costar decenas de miles de euros.

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Siguiente paso: aprende a administrar oxígeno

Saber lo que es la enfermedad descompresiva es la mitad del trabajo; la otra mitad es ser capaz de actuar cuando ocurre delante de ti. Un curso de soporte vital básico y oxígeno te enseña en un fin de semana a montar el equipo, elegir entre sistema a demanda y flujo constante, hacer una RCP con las cinco insuflaciones iniciales y usar un desfibrilador. Si prefieres empezar por la teoría, el manual de administración de oxígeno recoge los protocolos que se exigen en los cursos de especialidad CMAS.

Y para cerrar el círculo del cluster de seguridad, sigue con la física del buceo para entender de dónde salen las burbujas, con las tablas de buceo y descompresión para planificar sin apurar límites, y con el rescate de un buceador para saber qué hacer en el agua antes de que el oxígeno entre en juego.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto tarda en aparecer la enfermedad descompresiva?

La mayoría de los casos se manifiestan en las primeras horas tras salir del agua, muchos dentro de la primera hora. Un porcentaje menor aparece hasta 24 horas después, sobre todo si media un vuelo o un ascenso a altitud.

¿Cuánto hay que esperar para volar después de bucear?

Como recomendación general, entre 12 y 24 horas: unas 12 h tras una única inmersión sin descompresión y 18–24 h tras varias inmersiones o días sucesivos de buceo. En caso de duda, más tiempo siempre es más seguro.

¿Un dolor articular leve tras bucear puede ser enfermedad descompresiva?

Sí. El dolor articular que aparece en las horas siguientes a una inmersión y no se explica por un golpe o esfuerzo es el síntoma más frecuente de la ED tipo I. Debe evaluarse con oxígeno al 100 % y consulta a un médico hiperbárico, aunque parezca leve.

¿Se puede tratar la enfermedad descompresiva volviendo a sumergirse?

No. La recompresión en el agua no está indicada en buceo recreativo: no hay oxígeno adecuado, control térmico ni asistencia médica, y un empeoramiento bajo el agua puede ser mortal. El tratamiento es oxígeno normobárico y traslado a una cámara hiperbárica.

¿Cuál es la diferencia entre enfermedad descompresiva y embolia gaseosa arterial?

La ED se produce por nitrógeno disuelto que forma burbujas al reducirse la presión; la embolia gaseosa arterial es consecuencia de una sobreexpansión pulmonar por contener la respiración en el ascenso. Ambas son accidentes disbáricos y se tratan igual en primeros auxilios: oxígeno al 100 % y cámara.

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